Día 9 · Antes de la Nit del Fuck

Querido diario:

Saberse el hombre más odiado de la ciudad no es bonito. Amo Valencia, amo el socarrat de la paella y pagar la zona azul, pero si cualquier valenciano pudiera, me convertiría en la primera falla humana de la historia. De hecho, la parte de mí que ya se considera levantina, también lo piensa, y mi mano derecha no para de arrancar pelos de la ceja izquierda.

Todo empezó muy bien, con mi pañuelo y mi blusón, me sentía más integrado que nunca en la fiesta: comiendo buñuelos, visitando las fallas, comiendo churros, visitando las calles iluminadas, comiendo buñuelos y churros… nunca había encontrado tantas ventajas a mis capacidades estomacales.

Pero entonces llegaron ellos… Nunca podré ser un valenciano de verdad, a menos que me extirpe los tímpanos. Los espartanos eran famosos por dejar a sus niños a la intemperie toda la noche. Me gustaría que se enfrentaran con los valencianos, un escupitajo y todos ahogados. Los niños valencianos, las abuelas valencianas, los periquitos valencianos son capaces de soportar tormentas de ruido y fuego sin inmutarse. Qué coño digo sin inmutarse, si aplauden y lloran de la emoción.

Como a mí me asusta hasta el ruido de mis propios gases pues ha pasado lo que tenía que pasar… He acabado otra vez en la cárcel, que, por cierto, la porra la ha ganado El Jeringas, que fue quien dijo que tardaba menos de dos meses en volver. De la alegría, me ha dado un morreo con el que he descubierto que El Jeringas a lo que tiene miedo es a los cepillos de dientes. No me importa, creo que ahora mismo es el único valenciano que me quiere.

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