Día 4 · El quinto jinete del apocalipsis

Querido diario:

Vicent siempre dice que en vez de uñas, en los pies tengo berberechos. Puede que sea esta conexión fisiológica con la pesca la que me haya llevado hoy a visitar el barrio marinero de Valencia: el Cabañal. Aunque de marinero sólo tenga ya las cabezas de las gambas que la gente tira a los descampados. El Cabañal me ha gustado mucho porque es un poco como yo: un alma bella y soñadora, pero una fachada rota y con mocos en sus paredes, ¡maldita sinusitis!

Hemos estado también en la Casa de Blasco Ibáñez, que es un autor valenciano muy importante al que la gente no conoce nada en absoluto. Allí he dejado mi huella que, por una vez, no ha sido en forma de cascada de orines. Pero poco dura la alegría en la casa del bostoniano porque resulta que lo que creía un homenaje se ha convertido en un ataque al patrimonio. La vida te devuelve lo que das, o eso decía mi amigo el mamporrero de sementales, así que yo también he recibido un ataque en forma de ladrillazo, pero como era modernista, hasta me ha hecho un poco de ilusión.

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